UNA REFLEXIÓN PARA LOS EDUCANDOS MODERNOS

Recuerdo un día haber estado en una cena en la casa de unos amigos en la ciudad de Valencia, Venezuela, por allá en los años 90. Estando sentados a la mesa y disfrutando de la vasta experiencia culinaria de la madre de mi mejor amigo, escuché a su sobrina decir: “Ya me dieron mis notas y sólo necesito sacarme un 05 (sobre 20) para aprobar matemáticas”, seguido de una expresión de euforia manifestada con un “¡yupi!” a todo pulmón.

Ese momento fue impactante para mí, ya que en mi hogar siempre me inculcaron que debía esforzarme para aprender, no para lograr notas mínimas requeridas para aprobar. Es decir, estudiar para obtener la mayor cantidad de conocimientos posibles y ser capaz algún día de aplicar estos conocimientos en el ámbito en el cual me iba a desempeñar y no auto limitarme por haber ya cumplido con las exigencias de un centro de estudios en particular.

Es curioso el cambio que hemos venido observando desde que se comenzó a “masificar” la educación, y para entender un poco al respecto, debemos remontarnos al año 533 D.C. cuando se escucha por primera vez la palabra “universitas” por el emperador Justinian. En esa época, no todos tenían acceso a la educación, ni estaba masificada tal como la conocemos ahora. En la antigua Grecia, la élite de los gobernantes podía recibir educación en varias disciplinas, como lo eran gimnasia, filosofía, guerra y, con un valor de exclusividad, se les educaba en las artes políticas. Los hombres libres (no esclavos) podían tener acceso a una educación más restringida, en la cual se les educaba sobre dibujo, música, gramática y gimnasia. Los grupos o sectores sociales que no tenían acceso a la educación eran las mujeres y los esclavos, ya que se les consideraba sin derechos políticos, y por lo tanto el Estado no tenía porqué garantizar su educación; ellos sólo aprendían oficios.

Muchos años después, en el siglo XVII, la educación pasó a estar en manos de las iglesias católicas, protestantes y anglicanas, poco antes de la Revolución Francesa de 1789. En esta época, los nobles y los burgueses acudían a los religiosos para ser formados. Seguía siendo bastante restringido el acceso a la educación y tardó muchos años en masificarse a la población general; incluso, por mucho tiempo la educación no fue permitida a los afrodescendientes ni a las mujeres. Aunque en el Renacimiento se registraron féminas que alcanzaron doctorados en Filosofía, Obstetricia y/o Astronomía, seguía existiendo un gran escepticismo referente a la capacidad intelectual del sexo femenino. De hecho, una de las primeras noticias que se registra de una mujer interesada en estudios superiores se da el 2 de septiembre de 1871, cuando María Elena Masseras recibe un permiso del Rey Amadeo de Saboya para que realice sus estudios de segunda enseñanza y, posteriormente, asista a la universidad.

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Foto de Suzy Hazelwood en Pexels

Actualmente, la educación no es tan masiva como nosotros pensamos. En muchos países del mundo, incluyendo en el Ecuador, existen condiciones muy complicadas para poder simplemente ir a la escuela o el colegio. He visto escuelas que aún tienen piso de tierra y pizarrones antiguos verdes para escribir con tiza, muchos de ellos dañados en gran parte de su superficie. En muchos sitios, los niños de primaria deben recorrer hora y media y hasta dos horas para poder llegar a su aula de clases, con adversas condiciones climáticas y temperaturas que incluso a un hombre adulto llegarían a desesperar, y para completar, muchas veces con sólo un vaso de agua o jugo en el estómago.

Es por ello que debemos valorar el acceso a la información de la cual disponemos muchos de nosotros: un aula bien construida, con buena iluminación, pizarras modernas que permiten un contraste excelente entre las letras y el fondo, pupitres o sillas cómodas, que sostienen fácilmente los cuadernos y donde escribimos plácidamente. Docentes bien capacitados dispuestos a dar todo por enseñarnos, incluso contamos con una gran ventaja como lo es el acceso al Internet, computadores potentes que nos dan la información que requerimos en cuestión de segundos y apps que nos permiten gran cantidad de ejercicios y simulaciones para que nuestro aprendizaje sea cada vez más eficiente.

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Siempre la disciplina vencerá a la inteligencia han dicho pensadores de todos los tiempos, y estoy completamente de acuerdo, ya que una sociedad se mejora simplemente con valores y disciplina, no esperando nacer más inteligentes o excusándonos por no tener la última tecnología. El caso de Japón, en el que, luego de la segunda guerra mundial y haber recibido bombas atómicas, se vieron obligados al principio a copiar productos, para poder entender su funcionamiento, y con disciplina fueron mejorándolos cada día es un buen ejemplo. No es que el japonés sea más inteligente que los latinos, ni viceversa, es simplemente cuestión de disciplina y valores; porque una persona culta no es lo mismo que una persona educada. Una persona culta tiene títulos, una persona educada tiene valores.

Cuando le encontramos la utilidad a todos estos recursos que tenemos a nuestra disposición, es imposible no dar el mayor esfuerzo para ser lograr ser excelentes en nuestra carrera o en lo que decidamos aprender. Con estas herramientas a nuestro alcance, no es justo que únicamente pensemos en lograr el 05 que aquella joven anhelaba, dando un mínimo esfuerzo. En lugar de eso, podemos exprimir a nuestros docentes, realizar búsquedas exhaustivas, completar todas las asignaciones que nuestros maestros sabiamente nos exigen, y, por qué no, dar un poco más, dar ese “extra” que convierte a las personas ordinarias en personas extraordinarias.

Debemos recordar que en este mundo estamos de paso, no eternamente, y quienes vienen detrás de nosotros, nuestra generación de relevo, debe siempre superarnos, para así dejar un legado mejor que el que recibimos.

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